Colombia estrena gobierno y, con él, una promesa que ha despertado la esperanza de millones: la Patria Milagro. Pero los milagros de los países no los hace un solo presidente. Se construyen con millones de decisiones. Y muchas de esas decisiones se toman, todos los días, dentro de nuestras empresas.
Venimos de años en los que la división se instaló en la conversación nacional, se enfrentaron clases sociales y el empresario fue presentado, muchas veces, como parte del problema. Hoy tenemos una nueva oportunidad. Y una oportunidad también trae una responsabilidad.
Tenemos cuatro años para demostrar, con hechos, que somos parte de la solución. Cuatro años para recuperar confianza, generar bienestar, crear oportunidades y demostrar que el crecimiento empresarial no es enemigo de la prosperidad de la sociedad.
Pero, sobre todo, tenemos cuatro años para evitar que el descontento, la frustración y la falta de oportunidades vuelvan a convertirse en terreno fértil para la división y la desesperanza.
Y aquí comienza nuestra responsabilidad como empresarios.
No basta con haber votado
La democracia no termina cuando depositamos el voto. Ahí comienza nuestra responsabilidad.
Debemos ser veedores de que los principios que elegimos se cumplan: seguridad, libertad, justicia, educación, salud, estabilidad, instituciones fuertes, eficiencia del Estado y lucha frontal contra la corrupción.
Tenemos que exigir resultados. Tenemos que levantar la voz cuando sea necesario. Tenemos que defender las instituciones y cuidar la democracia.
Pero hay algo más. No podemos ser solamente veedores. Tenemos que ser protagonistas.
Porque sería muy fácil exigirle al Gobierno que cambie el país mientras nosotros seguimos haciendo exactamente lo mismo dentro de nuestras empresas.
¿Qué estamos haciendo nosotros para construir la Colombia que queremos?
La lucha contra la corrupción empieza por nosotros
Queremos un país sin corrupción. Entonces tenemos que empezar por nosotros mismos.
Porque corrupto no es solamente quien recibe. También lo es quien ofrece, quien paga, quien facilita y quien decide mirar hacia otro lado.
Durante años hemos aprendido a convivir con comportamientos que no deberíamos aceptar. A veces incluso los justificamos. Pero cada vez que normalizamos una coima, un favor indebido, una contratación amañada o un incumplimiento tolerado, estamos ayudando a construir el país que después criticamos.
Y la corrupción no solamente se roba dinero. Los organismos de control calculan que la corrupción le cuesta a Colombia cerca de 50 billones de pesos cada año, buena parte de ellos en la contratación pública. Imaginemos cuántos colegios, hospitales, vías, cuánta seguridad y cuántas oportunidades caben en esa cifra.
Porque eso es lo que realmente se roba la corrupción: oportunidades. La posibilidad de tener mejores colegios, mejores hospitales, mejores carreteras, más seguridad, más inversión y más oportunidades para quienes más las necesitan.
Por eso nuestra responsabilidad no es solamente pedirle al Estado que sea transparente. Es también comprometernos a no ofrecer, no participar, no normalizar y, cuando sea posible, denunciar.
Y si denunciar todavía implica riesgos, entonces también tenemos que trabajar para construir mecanismos que permitan hacerlo con seguridad.
La transformación empieza cuando dejamos de preguntarnos únicamente "¿qué están haciendo los demás?" y empezamos a preguntarnos "¿qué estoy haciendo yo?"
Generar riqueza también es construir bienestar
Hay algo que debemos decir sin complejos: una empresa rentable es una buena noticia para un país.
Una empresa que crece puede contratar más personas, pagar mejores salarios, desarrollar proveedores, invertir, innovar y pagar impuestos. La riqueza que genera una empresa no se queda solamente en sus accionistas. Se mueve por toda una cadena de personas y organizaciones.
Las empresas somos, además, el principal socio del Estado. Las empresas colombianas soportan una de las cargas tributarias más altas entre los países de la OCDE, y de nuestra actividad se desprende toda una cadena de impuestos —renta, IVA, ICA, patrimonio— que financia lo público. Y cuando una empresa genera valor, el empresario es el último de la fila: primero se pagan los salarios, luego los impuestos, luego las deudas y los proveedores. Al accionista se le retribuye al final, si algo queda.
Por eso el verdadero desafío no es escoger entre rentabilidad y bienestar. El desafío es aprender a generar rentabilidad generando bienestar.
Que nuestra empresa crezca y que con ella crezcan también nuestros trabajadores. Que crezcamos nosotros y nuestros proveedores. Que crezcan las comunidades donde operamos. Que crezca el conocimiento. Que crezcan las oportunidades. Que crezca Colombia.
La abundancia no debería medirse únicamente por cuánto tenemos, sino también por cuántas personas pueden progresar gracias a lo que hacemos.
El empleo no es solamente un salario
Tenemos otra enorme responsabilidad: las personas que trabajan con nosotros.
No basta con decir que generamos empleo. Tenemos que preguntarnos qué tipo de empleo estamos generando.
¿Permite a una persona sostener dignamente a su familia? ¿Tiene oportunidades para aprender y crecer? ¿Es tratada con respeto? ¿Es escuchada? ¿Tiene un líder que confía en sus capacidades? ¿Puede desarrollar una carrera y construir un proyecto de vida?
Las personas no son simplemente un recurso para producir resultados. Son personas. Tienen familias, sueños, preocupaciones, talentos y necesidades.
Y aquí aparece un principio que debería estar en el corazón de cualquier empresa: la familia también es un stakeholder.
Durante años hemos premiado al que trabaja más horas, al que nunca se desconecta, al que llega primero y se va último. Quizás deberíamos empezar a preguntarnos si eso es realmente éxito.
Porque una empresa sostenible necesita personas sostenibles. Y una sociedad fuerte necesita familias fuertes.
Si nosotros crecemos, nuestros proveedores también deberían crecer
Ninguna empresa construye su éxito sola. Detrás de cada producto, cada servicio y cada proyecto hay cientos de proveedores y contratistas. Muchos de ellos son pequeños empresarios.
Para ellos, que nosotros paguemos a tiempo puede significar algo tan básico como poder pagar la nómina de sus trabajadores. Por eso hay decisiones aparentemente pequeñas que pueden tener un impacto enorme.
¿Podemos pagar más rápido? ¿Podemos ayudar a nuestros proveedores a profesionalizarse? ¿Podemos abrirles mercados? ¿Podemos compartir conocimiento? ¿Podemos incorporar pequeños empresarios de las regiones a nuestras cadenas de suministro?
Cuando una empresa grande ayuda a crecer a una pequeña, no solamente está ayudando a un proveedor. Está multiplicando la capacidad de generar empleo y bienestar.
También somos responsables de nuestras palabras
Hay otra responsabilidad que no podemos ignorar: la manera como hablamos.
Hemos aprendido, quizás de la peor manera, que las palabras tienen consecuencias. Los discursos pueden unir o dividir. Pueden despertar esperanza o resentimiento. Pueden construir confianza o destruirla.
Y eso también aplica a los empresarios. Nuestros colaboradores escuchan lo que decimos. Lo llevan a sus casas. Lo conversan con sus familias. Lo replican en sus comunidades.
Por eso debemos preguntarnos: ¿qué estamos sembrando con nuestras palabras?
Podemos defender nuestras ideas con firmeza sin convertir al que piensa diferente en un enemigo. Podemos discrepar sin deshumanizar. Podemos exigirle al Estado sin convertirnos en enemigos de todo lo público. Podemos hablar de libertad, pero también de responsabilidad.
Porque si queremos un país que se cuide, tenemos que empezar por cuidarnos unos a otros.
No podemos pedir lo que no estamos dispuestos a dar
Queremos honestidad. Seamos honestos. Queremos respeto. Respetemos. Queremos meritocracia. Practiquémosla. Queremos instituciones fuertes. Cumplamos las reglas. Queremos menos corrupción. Dejemos de alimentarla. Queremos trabajadores comprometidos. Démosles razones para comprometerse. Queremos una sociedad más unida. Cuidemos nuestras palabras.
El país que queremos también se construye con los comportamientos que premiamos y toleramos dentro de nuestras empresas.
Cada empresa es, en cierta forma, una pequeña escuela de ciudadanía. Allí las personas aprenden qué se permite, qué se reconoce y qué se rechaza.
Por eso el liderazgo empresarial tiene una responsabilidad que va mucho más allá de los resultados financieros.
Millones de colombianos todavía esperan una oportunidad
Quizás este sea uno de nuestros mayores desafíos. Hay colombianos que todavía no tienen acceso a un empleo digno. Personas que viven en regiones donde las oportunidades son escasas y que muchas veces apenas logran sobrevivir.
Ahí también tenemos que estar.
Las fundaciones empresariales hacen un trabajo enorme y muchas veces silencioso. Pero quizás podemos hacer aún más. No solamente entregar ayudas. Crear capacidades. Formar. Educar. Conectar personas con oportunidades. Desarrollar emprendimientos. Crear proveedores locales. Llevar tecnología. Abrir mercados. Generar empleo.
Ayudar a que una persona no dependa eternamente de una ayuda, sino que pueda construir su propio futuro. Porque la mejor ayuda no siempre es dar. A veces es abrir una puerta.
Ser empresarios también es hacer país
Quizás hemos pasado demasiado tiempo defendiendo la idea de que el empresario no es el enemigo. Pero podemos ir un paso más allá. Podemos demostrarlo con hechos.
Ser empresario es generar empleo. Es pagar impuestos. Es invertir. Es innovar. Es asumir riesgos. Es desarrollar proveedores. Es formar personas. Es crear oportunidades. Es llegar a regiones donde todavía faltan posibilidades. Es competir y hacer que Colombia sea más productiva. Es construir riqueza para que más personas puedan participar de ella.
Y sí, también es exigirle al Estado que haga bien su trabajo. Pero no podemos quedarnos ahí.
Exigir al Estado es nuestra responsabilidad democrática. Hacer nuestra parte es nuestra responsabilidad ciudadana.
No importa solamente quién gobierna. Importa quiénes somos nosotros
Colombia no puede depender de que cada cuatro años llegue alguien a resolverlo todo. Un Gobierno puede cambiar muchas cosas. Pero un país cambia cuando millones de personas cambian sus decisiones.
Y nosotros tenemos una enorme capacidad de influencia. Desde nuestras empresas podemos construir confianza, empleo, familias más fuertes, proveedores más sólidos, comunidades con más oportunidades, una cultura de honestidad, respeto, esperanza y abundancia.
Y podemos hacerlo sin importar si somos de izquierda, de derecha o de ningún lado. Porque quizás discutimos profundamente sobre los cómos, pero hay algo que debería unirnos: todos queremos un mejor país. Todos queremos que nuestros hijos tengan oportunidades. Todos queremos seguridad, libertad, dignidad y bienestar.
Los caminos para llegar allí pueden ser diferentes. Y está bien que así sea. Eso es parte de la democracia. Pero el propósito puede ser común.
La Patria Milagro también depende de nosotros
Tenemos una oportunidad que no podemos desperdiciar. No solamente la oportunidad de tener un buen Gobierno. La oportunidad de demostrar que como sociedad somos capaces de hacer nuestra parte.
Que podemos generar más riqueza sin dejar a nadie atrás. Que podemos ser rentables y responsables. Que podemos exigir y también aportar. Que podemos ser veedores y protagonistas. Que podemos competir sin destruirnos. Que podemos pensar diferente sin convertirnos en enemigos. Que podemos cuidar a nuestros trabajadores, sus familias, nuestros proveedores y nuestras comunidades.
Tal vez dentro de cuatro años la pregunta más importante no sea solamente si el Gobierno cumplió. La pregunta será: ¿qué hicimos nosotros?
¿Qué empleos creamos? ¿Cuántas familias ayudamos a progresar? ¿Cuántos jóvenes tuvieron su primera oportunidad? ¿Cuántos proveedores pequeños crecieron con nosotros? ¿Cuántas personas formamos? ¿Cuántas comunidades alcanzamos? ¿Cuántas veces dijimos no a la corrupción? ¿Cuántas veces usamos nuestras palabras para construir y no para dividir? ¿Cuánto valor creamos para Colombia?
"La Patria Milagro no será obra de un solo presidente. Será la suma de millones de decisiones. Y muchas de esas decisiones se toman todos los días dentro de nuestras empresas."
Por eso, quizás llegó el momento de dejar de preguntarnos solamente qué puede hacer Colombia por nosotros. Y empezar a preguntarnos: ¿qué estamos dispuestos a hacer nosotros por Colombia?
Ahí comienza nuestra verdadera responsabilidad. Ahí comienza nuestro verdadero liderazgo. Y ahí, desde cada empresa, cada trabajador, cada proveedor, cada comunidad y cada familia, puede comenzar a construirse la Patria Milagro.